Primera entrega - Un cuento de Adriana Riva 📚
Una esquina de Buenos Aires. Un bar. Un rincón para contemplar el mundo.
Un hombre mediano, por Adriana Riva*
La última vez que hablé con mi padre quedamos en vernos en Roma del Abasto. Yo llevaba cinco años viviendo en Madrid, arrumbada en un monoambiente de Salamanca, y había vuelto por primera vez al país en un viaje relámpago, para enterrar a mi mejor amiga de la infancia.
Volé un viernes, fui al cementerio el sábado y arreglé con mi padre para juntarnos el domingo, unas horas antes de que saliera el avión que me regresaba a España. Hacía casi seis años que no nos veíamos.
Llegué temprano al bar y elegí una mesa junto a la pared, sobre la que colgaba una serigrafía de Mario Kempes y otra de Diego Armando. Desde ahí podía ver el ventanal impreso de la entrada: AMOЯ, leí desde adentro.
Mora armó amor con Omar en Roma.
El cruce salió sin esfuerzo, mientras esperaba a que me atendiera un mozo. A mi padre y a mí nos encantaban los juegos de palabras, quiero decir los juegos en general. Hacíamos anagramas o frases ingeniosas cada vez que nos encontrábamos en ese bar, cuando yo aún vivía en Buenos Aires.
Alguien en bata gritó ¡Basta! y eso bastó para que se dejaran de usar botas con bosta en el Abasto.
Eran nuestro artilugio para entretejer el silencio que se abría cuando estábamos solos. Por eso Roma, porque estaba poblado de objetos y afiches y fotos que eran buenos compañeros de mesa. Yo decía mirá el ejército de sifones en el mostrador y mi padre soltaba una anécdota sobre sifones. O decía mirá aquel póster de Tita Merello y mi padre contaba la vez que había escuchado a la más rea cantar Garufa en una cantina de mala muerte. La de Tita era una de sus historias predilectas, que crecía año tras año. La última vez que la desplegó para mí, sus ojos terminaron vidriados; decía que Tita lo hacía sufrir porque lo había hecho amar.
Pedí un cortado. Todavía faltaban algunos minutos para la hora pero sabía que mi padre, el Doctor, llegaría con retraso. Lo llamaban así las personas que trabajaban con él y lo llamaban así en casa. Blanca, ¿volvió el Doctor?, preguntaba mi madre, cuando aún estaban casados. No señora, el Doctor no volvió.
Siendo yo chica, cuando lo llamaba al trabajo y preguntaba por el Doctor, a pesar de que en la clínica trabajaban otros médicos, no hacía falta aclarar a cuál me refería, mi padre era único. El Doctor siempre me atendía, diligente, y después continuaba con su vida, que corría como el cauce de una catarata. Hola, papá, feliz cumpleaños, lo felicitaba. Ah, sí, muchas gracias, me contestaba.
Después de pedir mi segundo cortado, un hombre con un loden verde, idéntico al de mi padre, se detuvo en la puerta del bar. Me despegué del asiento para saludarlo pero enseguida caí en la cuenta de la equivocación. Qué torpeza, el Doctor no era alto ni distinguido como aquel señor; no llegaba a ser petiso, pero a mí siempre me pareció que le faltaban un par de centímetros. Mi padre se destacaba por su barriga redonda y por algo raro en la boca; tal vez fuese la paleta partida o su hipoplasia maxilar, que le dejaba la mordida invertida como la de Don Corleone.
Junto con el segundo cortado entró su primer wapp. Estoy tarde, avisaba. Miré la hora y le respondí: No hay apuro, tenemos tiempo.
El Doctor trabajaba los siete días de la semana. Los domingos se iba temprano a su consultorio en microcentro, justo frente al Episcopado, y se quedaba ahí hasta el mediodía, escribiendo informes o leyendo artículos médicos. En el centro de su oficina había un escritorio de caoba con la mesada forrada en cuero verde, sobre la que descansaba su recetario y una Montblanc. Contra una pared, la camilla negra. Contra la otra, un mueble bajo de madera maciza, desde donde, enmarcados en vidrio, plata y acrílico, lo miraban trabajar sus abuelos, sus padres, su hija, su mujer y su ex mujer, a quien nunca conocí. Esa última foto era prueba fehaciente de que el Doctor se movía a sus anchas. Eso y la botella de Criadores, que guardaba en el último cajón del escritorio. Había empezado a tomar whisky después de su primer divorcio, cuando la importación en el país estaba cerrada y lo mejor que se conseguía era la etiqueta ganadera. Supongo que se creería único testigo de aquel estrago; la ventana del consultorio daba a un pulmón de manzana adornado por una maraña de cables y contrafrentes taciturnos.
Tratando de conseguir un taxi, decía su segundo wapp. Mi padre no manejaba, prefería hablar con los taxistas, que le propiciaban todo tipo de cuentos. Jamás tomó un colectivo, un subte, un tren. El transporte público, decía, es cosa de poetas.
Ok, te espero, le respondí, y encargué un agua con gas.
En la mesa de la esquina dos hombres mayores pidieron vermú, trago que aprendí a preparar cuando tendría ocho o nueve años. El secreto era el hielo, mucho hielo, y el orden: primero la rodaja de limón, después el hielo, el alcohol, y por último el chorro de soda. Yo preparaba y él tomaba. Yo preparaba más y él tomaba más. Fue el primer oficio en el que me destaqué.
Agarré una servilleta, saqué una birome de mi mochila e hice una lista con posibles temas de conversación: último Boca-River; películas vistas; libros leídos; comidas. La doblé al medio. Miré el reloj. La desdoblé y sumé: Tita Merello.
Con los años, había aprendido a anticiparme a los humores cambiantes de mi padre. A veces era un hombre cansado, ido, como aquel día en que volvió tarde a casa, me estiró la mano y se presentó: Doctor Rossetti, mucho gusto. A veces, uno apurado, urgente: Petisa estate lista para las cuatro, salimos hoy, no quiero peros. A veces, uno que destilaba vergüenza. Una última copa, vamos, una más.
Petisa, mi apodo, me empezó a dar gracia cuando cumplí quince y pasé a medir más que él. La diferencia de altura era notoria, pero mi padre me siguió llamando así por reflejo, por costumbre, ¿por cariño? También a él, cuando le quitaron la licencia, lo siguieron llamando Doctor.
El tercer wapp entró mientras pedía la cuenta. Tuve que cambiar de taxi, el otro era un animal, decía.
Afuera, la noche golpeó contra el vidrio. ¿Llegás o no llegás?, le respondí. Conocía de antemano la respuesta, pero no se me ocurrió otra cosa para preguntarle. Busqué la billetera, pagué y me fui.
El taxista que me llevó al aeropuerto manejaba a los tumbos, tal vez fuese la misma bestia que le había tocado en suerte al Doctor. En Ezeiza me informaron que el vuelo estaba en horario. Subí a la sala de embarque y me senté a esperar, de cara a la pista de aterrizaje. Del cielo colgaba una media luna perfecta.
Mi padre me llamó un par de veces en el transcurso de ese año. No lo atendí. Pocos meses después, murió de un infarto. Un ex colega suyo me envió la noticia por wapp. Le di las gracias y le pregunté: ¿qué es exactamente un ataque al corazón?
Tras su muerte, volví una vez más a Roma. Me senté en la misma mesa, cerca del Matador y de Dios. En la pared habían sumado una serigrafía de Lionel Messi. Agarré una servilleta, deletreé el nombre de la Pulga y al rato, debajo, anoté:
Mil lesiones.
*Adriana Riva es escritora. Nació en Buenos Aires, en 1980. Es autora del libro de cuentos Angst (2017), el poemario Ahora sabemos esto (2022) y las novelas La sal (2019) y Ruth (2024).
La foto con historia: Jesús y Laudino
Las historias de los bares empiezan con palabras escritas y con una persiana que se levanta. Según los registros de Roma, el primero que abrió el bar y que firmó su libro de actas tenía como apellido Rodríguez. Los papeles dicen que fue el 17 de agosto de 1927. Después vinieron otros, que siguieron el mismo ritual: una sucesión de apellidos españoles, de manos que abrían y cerraban cada día.
En 1952, el que tomó la posta se llamaba Jesús Llameda. Jesús, un asturiano, como su primo Laudino, quien poco después también se sumó como socio al bar.
Cuando conocimos Roma en 2019, eran Jesús y Laudino los que todavía seguían abriendo el bar cada día. Les preguntamos cómo había sido esa tarea y esa tradición que mantuvieron por más de medio siglo. Nos contaron historias maravillosas. En algún momento de la charla los retratamos detrás del mostrador con la cámara de un teléfono. Ese mostrador ahora está frente al horno principal de Roma, pero la foto permanece colgada justo sobre el lugar donde la sacamos. Donde estaban ese día: ahí siguen.
Quienes hoy formamos parte de Roma tenemos claro que todos pasaremos, pero intentamos hacer cosas para que Roma no pase. Como Rodríguez en 1927, como Jesús y Laudino, como todos los que abrieron a lo largo de los años. Nos conecta un gesto chiquito y poderoso hacia el futuro: levantar cada día una persiana para seguir escribiendo esta historia.
Banda sonora
En sintonía con el cuento de Adriana Riva que abre esta entrega, este mes las canciones que elegimos tienen que ver con padres, con madres, con hijas, con hijos. Y también con algunas despedidas.
¡Hasta la próxima!


